Como llevamos realizando desde  hace 48 años  os convocamos,  este año de forma virtual, para que podamos  reflexionar   conjuntamente.

Durante estos meses  hemos participado en distintos grupos que produjeron distintas emociones.

Preparamos   este menú,  pero   no estará completo si como  participante en distintos grupos de la vida   no te involucras   en este banquete  de la forma que tú   quieras, presentando comunicaciones, talleres, conduciendo un grupo  o bien  aportando un   trabajo  al 38  boletín  de la SEPTG

La experiencia de todo un año realizando grupos en formato virtual nos hace plantearnos  una serie de preguntas y al mismo tiempo nos puede hacer concluir algunos  aspectos a tener en cuenta…. 

El llamado “aislamiento social” constituye un aislamiento físico que, en muy diversos ámbitos, no representa stricto sensu un proceso de desvinculación social, sino -y contrariamente- ha servido a los fines de pensar nuevas modalidades de estar con otros/as.

En materia de grupalidades, un sinnúmero de novedades forma parte de esta nueva cotidianidad: cenas familiares, reuniones de trabajo, clases universitarias, sesiones de psicoterapia, reuniones de amigos/as, clases de gimnasia, apoyo escolar, celebraciones de cumpleaños, son algunas de las múltiples actividades que vienen siendo realizadas en el marco de la virtualidad a través de diversos dispositivos y aplicaciones, algunos de los cuales nos resultaban absolutamente desconocidos. Se trata de experiencias que desafían la premisa excluyente de la presencialidad como prerrequisito ineludible del trabajo grupal.

Principalmente el encuentro se produce a través del rostro y el diálogo. 

Un «rostro» no es únicamente el conjunto de una frente, dos ojos, una nariz, una boca y un mentón, en la medida en que su significación desborda su imagen. Pero tampoco hay que pensar que la corporalidad del otro es la información de su mundo interior o exterior. El otro puede ser, como señala  de César Moreno,  ¿un «rostro sin mundos»?.

En el grupo virtual se trata de hacer referencia al otro como potencia expresiva. En la expresión un ser se presenta a sí mismo. En efecto, la «expresión» del «rostro», o el «rostro» como «expresión», determina al otro como interlocutor del yo, sin necesidad de que éste pronuncie palabra alguna. Según la función de expresión del lenguaje el «rostro» es palabra que inaugura toda relación. A partir de la noción «expresión», Emmanuel Lévinas concibe también el «rostro» como primer hecho del lenguaje. 

Si planteamos que la estructura del lenguaje es dialógica, la corporalidad del otro debe presentarse además como primer sentido. Así, no es sólo que la presencia del otro garantice la posibilidad de toda comunicación, sino que también marca su inicio.

Ahora bien, ¿cuál es el sentido y la significación que impone el «rostro» del otro? 

El  rostro  y su percepción tiene una doble dirección. Por un lado, el rostro se muestra en su desnudez: hay en él una pobreza esencial, está siempre expuesto y amenazado. Pero al mismo tiempo ordena y dirige al sujeto a   que lo escuches. 

El rostro de la persona  excede toda posible descripción. Quien crea aproximarse a ofrecerla acumulando detalles, no estará captando más que una imagen extraña al rostro. 

Percibir un rostro, es algo que se vive como un sobrecogimiento que no deja tiempo para mirarlo al modo como se contempla una imagen o un paisaje.

 Varios autores  insisten en el carácter vulnerable del rostro —la parte más desnuda del cuerpo—, y examina cómo esta ausencia de protección se impone a quién lo mira. 

 

Comite organizador 48º Symposium

 

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